La belleza de las personas nace de este valor tan hermoso y valioso llamado amabilidad. Quizás en nuestra educación no hayamos recibido tanta amabilidad como nos habría gustado, sin embargo, tenemos la capacidad para educar a nuestros hijos en el valor de la amabilidad. Veamos cuál es la actitud a tomar para ser amables y transmitir amabilidad.

Todos conocemos o hemos conocido personas que con sus actos son capaces de emocionar, de cambiar nuestras vidas y darnos valiosas lecciones. La belleza de estas personas está reflejada en cómo tratan a los demás, como ayudan desinteresadamente, y cómo siempre tienen una luz en su mirada capaz de guiar a la persona más errante e indecisa.

“Una persona amable es aquella que escucha con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de alguien que no lo sabe.”

Alfred Capus

Las personas amables son aquellas que hacen de este mundo un mundo mejor. Es fácil reconocer a estas personas, pues su mejor carta de presentación es la cordialidad, la empatía, la atención, la delicadeza y la sensibilidad. Valores de una persona que se gana el amor dando lo mejor de sí misma a los demás. Las personas amables son cosechadores natos de esperanzas y buenos frutos. La vida de alguna manera les recompensa con el don de la alegría y la bondad.

De la amabilidad nacen otros muchos valores, al igual que se sustenta de una actitud de respeto y reconocimiento hacia las demás personas. ¿Puede cualquier persona ser amable? Responder a esta cuestión puede resultar algo muy subjetivo, lo que si podemos hacer es esforzarnos por adquirir valores que nos acerquen a sentir un mayor afecto, tanto por nosotros mismos como con los demás y educar a nuestros hijos en estos valores.

La amabilidad sincera es espontánea y natural

Muchas personas, de una forma interesada, e intentando conseguir aquello que pretenden, se aprovechan de esta característica a través de una falsa amabilidad. A estas personas también se les reconoce fácilmente pues solo se muestran así con quien les interesa, a diferencia de la persona amable que le nace ser así con cualquier tipo de persona, sin esperar nada a cambio.

La espontaneidad, la honestidad y la naturalidad son características que predominan en la persona amable, por lo que forzar este valor no es la opción más aconsejable. Si queremos educar en la amabilidad, en primer lugar es importante dar ejemplo, ya que sino sería contraproducente. Poner en práctica el respeto hacia los demás, la tolerancia y la ayuda desinteresada, nos hace poco a poco ser algo más amables. Es una cuestión de consciencia, de tratar a los demás como nos gustaría ser tratados, ofreciendo lo mejor.

La persona amable va dejando a su paso semillas de alegría y reconocimiento, esto le otorga la capacidad para poder cuidar a los demás desde la humildad, sin ser intrusivo. Educar en el valor de la amablidad no significa ofrecer una buena formación, supone educar en valores, dando ejemplo, ofreciendo amor incondicional, mostrando apoyo y cariño. Desde el afecto nacen las mejores intenciones y ,por ende, las personas más bellas

Sembrar amabilidad

Cuando hablamos de amabilidad, sin lugar a dudas, también estamos hablando de amor. Este valor es una expresión de amor, un comportamiento afectuoso y una actitud que tiene como finalidad compartir el amor.

“El amor que yo viva en mí de mí es la medida del amor con que puedo amar a cualquier otra persona. El problema está en que yo me encierro en el amor que vivo en mí y excluyo a los demás”.
A. Blay

Cuando se siembra amabilidad no existe ningún tipo de expectativa, puesto que se respeta el proceso de cada persona. Se puede educar en el valor de la amabilidad fomentando ciertas actitudes. Cualquier persona en la infancia es más susceptible de adquirir ciertos comportamientos, que sean los que le acompañen en su vida adulta. Por eso el hogar es uno de los medios más propicios para adquirir los siguientes sentimientos positivos, que son los que ayudan a sembrar la amabilidad. Si tienes hijos o personas a tu cargo a los que quieres inculcar una actitud amable, fomenta estas actitudes:

Aceptación

Déjale ser exactamente quien es, respetando sus necesidades, gustos e inquietudes. Apoya sus ideas y pensamientos, motivándole a que piense por sí mismo. Recuerda las palabras de Khalil Gibran: “Tus hijos no vienen de ti, y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos tienen sus propios pensamientos…” Esta es una de las mayores muestras de amor incondicional que puedes ofrecerle a tu hijo.

Confianza

Cree en sus capacidades y su bondad natural. No tienes más remedio que dejar que se equivoque para que refuerce sus aprendizajes. Puedes aconsejarle e informarle pero sin pretender hacer las cosas que él mismo debe hacer. Si le permites que se equivoque le transmites que puede hacer frente a sus dificultades, y que estarás ahí en cualquier caso para apoyarle.

Afecto

Que entienda y sobre todo perciba, que estás ahí con él pese a sus defectos y pese a lo que no te gusta. Que se pueda sentir amado, independientemente de cuáles sean sus decisiones y las equivocaciones que cometa.

Seguridad

No entrar en contradicciones. Ser lo más honesto y coherente posible con él. Las ambigüedades hacen que se pierda credibilidad. La seguridad le irá naciendo conforme va adquiriendo un ejemplo de normalidad y naturalidad por parte de sus principales cuidadores. Al ver como los adultos reconocen sus defectos, piden perdón y conocen sus limitaciones, el niño se sentirá más seguro, sabiendo que todas sus vulnerabilidades son propias del ser humano. Sabrá que está a su alcance el poder ser una mejor persona cada día, al reconocer sus dificultades.

Cualquier palabra o acción que esté llena de amor y respeto podrá servir de semilla. Los niños tienen una gran capacidad y sensibilidad para captar los pensamientos y las intenciones que fluyen a su alrededor. Si les proporcionamos un cariño y amor desinteresado y auténtico, el valor de la amabilidad irá brotando en cada una de sus acciones.

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