Las emociones que acompañan a los seres humanos son proceso psicológicos que nos ayudan a ocuparnos de ciertas partes de nuestra vida. Podríamos considerarlas como una señal de alarma que nos indica qué debemos de evitar y a qué no debemos acercarnos. Gracias a las emociones, nuestro organismo es capaz de adaptarse a las distintas situaciones que atravesamos. Según el tipo de sensación que nos provoquen distinguimos entre emociones positivas o negativas. Pero… ¿realmente deberíamos clasificarlas así?

La importancia de las emociones

Como ya hemos dicho, las emociones tienen un papel de importancia en nuestras vidas ya que nos ayudan a entender qué sentimos y hacía donde queremos o debemos dirigirnos. Tanto las emociones positivas como las negativas tienen su importancia. Sin embargo, la mayoría de los seres humanos nos convertimos en coleccionistas de las positivas y huimos de las negativas.

Fuente: Pixabay/GORBACHEVSEGEYFOTO

El origen de las emociones está en nuestros pensamientos. Estos pensamientos siempre están muy relacionados con nuestras creencias y forma de ver la vida. Afortunadamente, los pensamientos se pueden cambiar. Por este motivo, no tenemos porque ser esclavos de nuestras emociones ya que cambiando nuestros pensamientos generaremos otro tipo de emociones.

¿Cómo gestionar mis emociones?

Lo primero y más importante es ser conscientes de qué estamos sintiendo. Son muchas las personas que con el ajetreo de sus vidas pierden de vista el contacto con su interior. Debido a ello, pocas veces se dan cuenta de lo que están sintiendo. Algunas de ellas, ni siquiera son conscientes de cuando están cansadas o de si tienen ganas de comer.

Para poder acceder a nuestro interior es muy importante aminorar el ritmo de vida. Por supuesto,  esto es imposible hacerlo durante todo el día. Sin embargo, se pueden propiciar pequeños espacios para acceder a aquello que sentimos y hacernos conscientes. Existen numerosas técnicas como la meditación, el mindfulness o la relajación que nos pueden ayudar.

No rechaces tus emociones

Las emociones que sentimos forman parte de lo que somos. Sin embargo, son muchas las personas que intentan evitar sentirlas por todos los medios. Si son emociones positivas querremos que se queden con nosotros para siempre. Sin embargo, cuando las emociones que nos visitan son consideradas negativas tendemos a querer que se alejen y no aparezcan más.

El rechazo de las emociones es una de las mejores maneras de que no se marchen de nuestro lado. En numerosas ocasiones, algunas personas rechazan tanto las emociones negativas que ni siquiera saben que las sienten. Por este motivo, lo primero que deberíamos hacer encontrar la forma de saber qué sentimos y cuándo lo estamos sintiendo.

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Abre la puerta a tus emociones

Si consideras las emociones como huéspedes que vienen de visita para traer un mensaje importante, lo mejor que puedes hacer es abrirles la puerta y dejar que se sientan como en casa. Te aseguro que si te haces cargo de tan honorable visita, te alegrarás de haberlo hecho. Cuando, por ejemplo, el miedo llama a tu puerta tu obligación es abrirla. Si miras de frente al miedo y estableces un diálogo en el que te pueda explicar su papel, podrás darte cuenta de que esa emoción lejos de molestarte, viene a hacerte un gran favor.

De la misma manera, cuando las emociones que nos visitan son las que consideramos positivas, debemos de estar dispuestos a decirles adiós cuando ser marchen. La vida es un proceso dinámico en el que todo va y viene. Cuando oponemos resistencia o apego a este fluir, obstaculizamos las mejores oportunidades y conectamos con el sufrimiento.

Meditar para observar las emociones

Las emociones y los pensamientos pueden ser controlados si aprendemos cómo hacerlo. No obstante, antes de poder hacerlo, necesitamos saber de qué pensamientos y emociones estamos hablando. Es muy importante que sepamos conectar con nuestro estado interno y saber qué estamos sintiendo.

Si te apetece comunicar con aquello que sientes, te vamos a describir una de las muchas formas de hacerlo:

  • Encuentra un lugar tranquilo y siéntate cómodamente a observar tu respiración. Intenta que todos los días puedas practicar esta técnica a la misma hora para incluirla en tus hábitos diarios.
  • Después de respirar profundamente varias veces, comenzarás a notar que tu cuerpo y tu mente se relajan.
  • Cuando comiences a sentir esa relajación, procura prestar atención a los pensamientos que llegan a tu mente. Obsérvalos y no les des importancia. Deja que pasen sin juzgarlos.
  • Si consigues seguir observándolos sin dejarte arrastrar por ellos, notarás como cada vez estás más relajado. A partir de aquí, es muy posible que los pensamientos comiencen a aparecer en tu mente cada vez más despacio. Observa los espacios sin pensamiento.
  • Después de un rato, comenzarás a darte cuenta de que, al no identificarte con los pensamientos, ya no tienen poder sobre ti. Podríamos decir que estás fuera de su influencia. Te has convertido en un observador del drama de tu vida. Observando tus pensamientos y emociones ya no hay positivo o negativo. La interpretación de la mente siempre fue subjetiva y al observarla desaparece.

 

La práctica de esta meditación te ayudará a estar en contacto con tu interior. De esta manera, cada vez te resultará más fácil saber qué estas sintiendo. Así mismo, las etiquetas de positivo o negativo dejarán de tener tanta importancia. Si algún día no dispones de tiempo para hacerla puedes intentar practicar el proceso durante un paseo hacía el trabajo o incluso cerrando los ojos mientras viajas en transporte público. Lo importante es no perder el hábito de mirar en tu interior.

Fuente: Pixabay/lopezjoshua839

Olvida las etiquetas que pone tu mente a las emociones que sientas  Fluye con la vida y experimenta tus emociones sin juzgar sin son buenas o malas. La clasificación de positivo o negativo es un juicio de la mente que, en su estrechez de miras, juzga sin tener todos los datos. Cualquier emoción que puedas sentir no tiene más poder sobre ti que el que tu quieras darle. Acepta tus miedos, tu enfado, tu ira, tu alegría, tu gozo o tu decepción como partes de ti que te piden ser abrazadas.

 

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