Desde que somos muy pequeños se nos educa para que persigamos sueños y alcancemos metas. Nuestra sociedad está fundamentada en el mucho hacer y mucho correr. Pocas veces, sin embargo, prestamos atención al placer que produce el hacer menos y de forma más consciente.

Vivimos en un momento de la historia en el que la mayoría de las personas viven orientadas hacia el exterior, el hacer y el conseguir. Nos pasamos la vida creyendo que cuanto más hagamos, más valemos. Y, por supuesto, la sociedad a la que pertenecemos alienta esta locura.

 

Fuente: Pixabay/Pezibear

Vivimos en la sociedad de las prisas

La vida de la gran mayoría de las personas está protagonizada por la prisa y el estrés. Desde que nos levantamos ponemos el piloto automático y nos lanzamos a la frenética carrera de cada día. Creemos que el hecho de hacer varias cosas a la vez es sinónimo de eficacia y ahí ponemos toda nuestra energía.

Las personas que se mueven o trabajan de forma metódica y tranquila están totalmente pasadas de moda. De hecho, hace mucho tiempo que no veo una de ellas, deben de ser una especie en extinción. El equilibrio, la armonía y el hacer bien las cosas venden poco en nuestros días.

Lo que yo me pregunto es por qué todos hemos entrado tan fácilmente a formar parte de esta locura. ¿No será que esta forma de vida nos ofrece una manera de hacer oídos sordos al vacío que vive en nuestro interior?

Quizá las prisas y el mucho hacer nos ofrecen una anestesia que nos evita sentir el dolor que llevamos dentro. Cuando hacemos y hacemos, aunque a veces no sepamos ni lo que estamos haciendo, nuestra mente se encuentra entretenida y no tiene tiempo de mirar hacía el interior.

Sin embargo, algo está pasando. Fingimos no darnos cuenta, pero cada vez son más las personas que se sienten insatisfechas y no saben por qué. Incluso aquellas personas que han logrando alcanzar lo casi inalcanzable, también se sienten descontentas. Podemos poner de ejemplo a numerosas personas famosas que, aún habiendo alcanzado el éxito y la fama, se quitaron la vida.

¿No será que quizá estamos buscando en la dirección contraria a donde se encuentra lo que buscamos? Si seguimos creyendo, como nos han enseñado, que podemos encontrar felicidad en las cosas externas, vamos por el camino equivocado. El sendero que lleva a la felicidad no se encuentra yendo hacia fuera, sino, todo lo contrario, en dirección a nuestro interior.

Allí dentro se encuentra todo lo que necesitamos para vivir una vida con significado, que pueda llenar el vacío que sentimos continuamente. Eso sí, en aquel escondido lugar no hay nada que perseguir, nada por lo que luchar. No hay prisas, no hay lucha, no hay competencia. En nuestro interior mora la paz, la armonía y la sencillez más absoluta.

 

Fuente: Pixabay/cherilylholt

Lo que un día perdimos

Si observamos a un niño pequeño, nos daremos cuenta de cómo se maravilla ante las cosas más insignificantes. Esto sucede porque él aún no ha perdido la conexión con su interior.

Llegará un día en que ese niño, empujado por las creencias de la sociedad en la que ha nacido, tendrá que abandonar el placer de vivir que venía con él de fábrica. Se verá empujado a competir, a vivir con prisa, a luchar por alcanzar varias metas, en definitiva a perderse a sí mismo. Es la única manera que tenemos de adaptarnos al mundo en el que hemos nacido, siguiendo la corriente.

Sin embargo, ninguno hemos olvidado la maravilla que es poder disfrutar de cada momento de la vida. Si nos ponemos a observar a un niño, sin querer nos transportaremos a su forma de disfrutar. Si logramos dejar nuestra ocupada e importante mente a un lado, viajaremos, sin querer, al instante presente en el que el niño juega. Podremos sumergirnos en los mágicos mundos en los que golpear una piedra con un palo nos lleve al placer más genuino. Y es que la VIDA de verdad, la que se escribe con mayúsculas, no necesita de adornos, se despliega en la sencillez del momento presente.

Cómo conectar con lo sencillo

Afortunadamente, el volver a conectar con la paz y la alegría es posible. De hecho es mucho más fácil de lo que te puedas imaginar. Está solo a un paso y ese paso es tu decisión de querer conseguirlo.

No hay que asistir a ningún curso, hacer un máster ni, mucho menos, seguir a ningún maestro. Es tan fácil como conseguir poner toda tu atención en cada cosa que hagas. Sea lo que sea, pon tu atención.

Si comienzas el día dándote una ducha, pon toda tu atención en esa situación. Si caminas hasta el trabajo, proponte ser consciente de ese paseo al máximo. Cuando limpies tu casa, disfrútalo al cien por cien, centrándote en cada objeto que limpies. Siente, huele y observa cómo lo limpias. Son prácticas sencillísimas, que encierran su gran regalo dentro de esa sencillez.

 

Pixabay/ADGGraphics

 

Esta forma de vida se llama mindfulness y cada día son más personas las que lo practican. El hecho de poner toda nuestra atención únicamente en el momento presente, nos traslada de forma automática al único lugar donde, de verdad, se desarrolla la vida.

Siéntate cada día y dedícate un rato. Acostúmbrate a escucharte y a entender qué sientes o qué piensas. Olvida los juicios y deja los miedos atrás. Solo respira y observa aquello que sucede en tu interior sin dejarte arrastrar por ello. Eres solo el observador de lo que sucede en ese momento.

Y de esa forma, con pequeños momentos de amorosa autoobservación, y con la atención plena puesta al realizar las actividades sencillas de cada día, comenzarás a vivir de nuevo. Será una vida que nada tiene que ver con lo que hasta ahora has conocido. Experimentarás una alegría sin causa que impregnará cada momento vivido y compartido con otros.

Te aseguro que cuando te acostumbras a vivir con la atención puesta en el momento presente, toda la vida de antes pierde sentido para dar paso a una Vida de verdad.

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