Vivimos sin tiempo para vivir. Llevamos tanta prisa que nos comemos el mundo, pero no sabemos a qué sabe; damos un mordisco, tragamos sin más y a por el siguiente trozo. Si por algún casual nos da por parar dos segundos y reflexionar, quizá nos encontremos con la sensación de no haber hecho nada a pesar del tiempo que ha pasado. Ponemos tanto el foco en lo que tenemos que hacer que nos perdemos lo que estamos haciendo.

Por otro lado, dentro de toda esta carrera, nos han enseñado que la meta es la felicidad, que una vez que hayas conseguido esto o aquello serás feliz. Vamos en busca de la felicidad como aquel que va en busca de ‘El Dorado’. Sin embargo, este proceso puede ser frustrante, ya que nos han vendido que la felicidad es ausencia de sufrimiento y, si somos honestos, sabemos que la vida es una combinación de penas y alegrías. Por lo tanto, nos encontramos ante la búsqueda de algo imposible.

 

 

De esta forma, convendría que nos centrásemos más en el presente y definir la felicidad de otra manera, pero ¿cómo hacerlo?

A este respecto, la psicología positiva ha supuesto una gran contribución, ofreciéndonos herramientas diferentes a las utilizadas habitualmente por la psicología tradicional. Pero antes de seguir, expliquemos brevemente de qué se trata.

¿Qué es la psicología positiva?

Al contrario que la psicología tradicional, la psicología positiva se centra en las fortalezas y potencialidades del ser humano con el fin de preservar la salud psíquica y prevenir la patología mental. Pone su foco en aspectos positivos del ser humano como la creatividad, optimismo, sabiduría o inteligencia emocional, entre otros.

Asimismo, hace hincapié en el aquí y ahora, en ser conscientes de lo que está aconteciendo ahora mismo y aceptarlo tal cual es, ya sea algo positivo o negativo. En contra de lo que se pueda pensar, esta corriente psicológica no pretende que borremos todas nuestras emociones negativas para quedarnos solo con lo positivo, sino que debemos aceptar cualquier emoción, ya sea positiva o negativa, y hacer de lo que experimentamos algo enriquecedor, algo de lo que salgamos fortalecidos.

Estar luchando contra nuestras propias emociones, porque nos incomodan o porque creemos que no es lo que debemos sentir, supone un sufrimiento en sí mismo, ya que muchas veces estaremos luchando contra algo que puede ser totalmente natural, como por ejemplo, sentir tristeza ante una ruptura.

 

 

Está claro que una situación así no nos va a hacer felices, pero es muy diferente afrontarlo de una manera derrotista, con pensamientos negativos sobre nosotros mismos (minando así nuestra autoestima, y llevándonos a un sufrimiento más allá del natural), o afrontarlo con una actitud de aceptación en la que piensas que ha sucedido así y que eso no tiene nada que ver contigo como persona. Tomando un poco de perspectiva, puedes incluso pensar que no todo es dolor porque siempre quedarán las cosas buenas, y sobre todo, no deja de ser una experiencia más de la que puedes aprender.

Ante una misma situación, vemos cómo en el primer caso podemos acabar muy dañados, mientras que en el segundo saldremos fortalecidos. Este enfoque promueve precisamente esa segunda actitud ante la vida, de manera que te ayudará a ser más feliz, puesto que estarás mejor contigo mismo y con tu entorno.

¿Cómo aplicar la psicología positiva?

Ahora que sabemos a grandes rasgos qué es la psicología positiva, seguro que nos interesa conocer cómo aplicar aquello que promulga. Algo que es muy útil a tales efectos son las técnicas de control mental. Consisten básicamente en lo que hemos expuesto en el ejemplo anterior. Las emociones que sentimos en cada momento son las que son y ni debemos, ni podemos, evitarlas. Lo que sí podemos hacer es cambiar el pensamiento sobre lo que nos ocurre, de modo que un mismo hecho nos afectará de una forma o de otra.

Existen diferentes maneras de poder cambiar nuestros pensamientos. A veces ocurre que repetimos el mismo pensamiento una y otra vez de manera obsesiva. En estos casos es útil parar el pensamiento y distraernos con otra cosa.

Otras veces algo que te puede funcionar es ampliar el foco de lo que estamos observando. Es decir, en ocasiones nos obcecamos tanto con una cosa que perdemos de vista el contexto, por lo que de alguna forma hace que distorsionemos la realidad, generando pensamientos igualmente distorsionados que nos hacen sufrir sin sentido.

También suele resultar de ayuda ser empático con el otro. Cuando nos ponemos en el lugar de la otra persona y tratamos de entender las razones por las que se comporta de determinada manera, nos volvemos mucho más tolerantes y normalmente la probabilidad de que lo pasemos mal es mucho menor.

Otra de las técnicas que ha demostrado ser de gran utilidad a la hora de aceptar nuestras emociones y gestionarlas de manera más adaptativa, es la meditación. La meditación, además de ser efectiva a la hora de reducir síntomas de ansiedad y ayudarnos a estar más relajados, ha demostrado potenciar las emociones positivas y mejorar la atención y la memoria entre otros beneficios.

 

 

Existe una amplia variedad de ejercicios de meditación, pero si eres novato en esto y no sabes cómo se medita, es recomendable empezar con meditación guiada.

La meditación guiada consiste, como su propio nombre indica, en que una persona vaya guiándote en el proceso de meditación. Un ejemplo de meditación guiada son los audios o vídeos en los que alguien va diciéndote lo que debes hacer en cada paso. Es una buena forma de empezar, ya que te ayudará a adquirir el hábito para que poco a poco, vayas interiorizando los ejercicios hasta ser más independiente y poder hacerlos por ti mismo.

También es útil para las personas a las que les es difícil centrarse en la meditación, puesto que el hecho de tener a otra persona, hace que nos centremos en ella y en llevar a cabo lo que nos va indicando sin prestar atención a nada más.

Para terminar, te aconsejamos que en lugar de buscar la felicidad busques la belleza, y entiendas la vida como un arcoíris: es algo muy bello, pero no sería posible sin un poco de lluvia.

 

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