Las siguientes palabras nos permiten hacernos una idea de lo que la impaciencia puede hacer en nuestras vidas y de por qué debemos cultivar la paciencia con esmero para conseguir nuestras metas, madurar y avanzar de forma positiva.

En los Aforismos de Zürau, Kafka nos dice:

“Dos pecados capitales existen en el hombre, de los cuales nacen todos los demás, la impaciencia y la indolencia […] A causa de la impaciencia fue expulsado del paraíso […] La impaciencia hizo que lo expulsaran del paraíso y, a causa de la impaciencia, no regresa.”

Vivimos en un tiempo en el que todo parece tener que ser inmediato; aquí y ahora. Tenemos la sensación constante de no disponer de tiempo suficiente para reposar las ideas, pensar, pararse un momento… Coger aire. Respirar. Soltar el aire. Volver a respirar. Y sentir el momento presente. Sentir nuestro yo más íntimo y profundo.

Por eso, debemos plantearnos seriamente esta pregunta y establecer como objetivo la recuperación del equilibrio interno:

¿Por qué debemos ser pacientes?

La necesidad de la paciencia en un mundo impaciente

La paciencia es la virtud de los sabios. La virtud de los que saben que esperar no es perder el tiempo, sino meditar las situaciones y las cosas para llegar al equilibrio y a la auténtica verdad.

La impaciencia solo nos puede llevar al erróneo. Nos aleja del momento presente.

¿Y qué es lo que nos vuelve impacientes? La ansiedad por hacer las cosas YA. Si dejamos que la ansiedad y los nervios nos invadan, nos alejaremos del momento presente y viviremos una vida basada en el pasado o en el futuro. No hay prisa. Haz las cosas poco a poco. 

Para. Permítete parar; tu mente y tu cuerpo lo agradecerán llenándote de calma. Y la calma te llevará al crecimiento interior. A tu verdadero ser.

Vivimos en la edad de la impaciencia. Y la impaciencia es el principio de grandes errores que pueden evitarse. La angustia por satisfacer de manera inmediata los deseos y objetivos, siempre por la vía más rápida, no hace más que llenar nuestras vidas de ansiedad e infelicidad.

Y es que la vida moderna nos exige inmediatez. Nos envuelve de símbolos y señales llenos de impaciencia. Lo que nos rodea deriva de la prisa.

La ciudad es el símbolo del tiempo que, más que correr, vuela. Salimos a la calle por la mañana y tenemos que llegar al trabajo deprisa y corriendo. Nos metemos en el coche o en el transporte público, y entramos en contacto con personas presas de la misma vorágine de urgencia y celeridad.

Nos adaptamos a la vida moderna sin darnos cuenta de que aclimatarse a ella nos hace perder todo ese tiempo que creemos que ganamos dándonos prisa y haciéndolo todo ‘mal y pronto’. La caducidad inmediata está presente en todo lo que nos rodea. Todo es caduco, así que no hay lugar para la paciencia en la filosofía de la metrópoli.

La enfermedad de nuestro tiempo: la ansiedad

El ritmo de la vida urbana influye mucho en nuestro estado de ánimo. El trabajo y las exigencias sociales nos piden que seamos rápidos y eficientes; seres sin fallos que no tienen tiempo de ser imperfectos. Nos pedimos perfección en tiempo récord. Y no hay que olvidar que todo lo que es importante lleva su proceso maduración y se tiene que hacer siguiendo unos pasos coherentes. Si nos saltamos pasos por la impaciencia, obtendremos resultados insatisfactorios.

Por eso es de vital importancia buscar lugares y espacios donde practicar la paciencia. 

Meditación para la paciencia

El ser humano puede adquirir la cualidad de la paciencia mucho más rápido de lo que creemos. Está en nuestra naturaleza. Para sobrevivir hace falta paciencia. Para aprender hace falta paciencia. Y nosotros hemos sobrevivido y aprendido hasta ahora. Así que solo hace falta buscar espacios en nuestro interior que nos devuelvan la conexión con nuestro ser, con nosotros mismos, con la parte pura que el ruido mantiene oculta.

Ya decía Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida la que huye del mundanal ruido!”.

Cultivemos la paciencia

Las técnicas de meditación nos ayudarán y guiarán en nuestro empeño de aprender el arte de la paciencia.  La meditación nos devolverá al momento presente y nos ayudará a reconectar con nuestro yo más paciente y calmado.

¿Y cómo lo haremos? Mediante nuestra respiración. Solo hace falta algo tan sencillo y vital como respirar; aprender a respirar.

Practicando sencillos ejercicios de relajación mediante la respiración recuperaremos la calma poco a poco para aprender la paciencia de las cosas. La calma hará que podamos ir ganando en paciencia de forma paulatina. Y la paciencia nos devolverá unas ideas más claras y una vida más plena. La práctica del Mindfulness y la meditación nos volverá pacientes.

1. Inhala y exhala. Sigue el aire a través de tus fosas nasales. Sé consciente de ese aire que te llena los pulmones poco a poco. Intenta cerrar los ojos y concentrarte en qué sensaciones tiene tu cuerpo cuando el aire entra en él. Cuenta tus respiraciones. Presta atención a los órganos implicados en el proceso de respiración: las fosas nasales, la garganta, los pulmones, el diafragma. Presta atención a tu postura. Procura que sea cómoda, con la espalda recta, los hombros relajados y el pecho abierto. Practica unas diez respiraciones.

2. Respira cada vez más lento. Intenta espaciar cada vez más las inspiraciones y expiraciones. Al principio te sentirás impaciente y querrás levantarte y acabar el ejercicio, pero poco a poco tu cuerpo y mente se domesticarán y empezarás a relajarte. Tomarás el control.

3. Intenta no luchar contra tu mente. No luches contra los pensamientos que pasarán por tu mente. Déjalos pasar y ya está. No los contengas. Cuando te pongas nervioso o sientas que te envuelve la impaciencia de acabar con tu meditación enfoca tu atención en la respiración. Recuperarás la atención en el presente y volverás al objetivo de la práctica.

¿Por qué debemos ser pacientes?

Porque aprender a ser pacientes nos devolverá el control de nuestras vidas y de nuestro yo más profundo. Recupera el control con paciencia y meditación y tendrás una vida más plena, tranquila y libre de ansiedad o cualquier otro trastorno relacionado con la urgencia que impone vida moderna

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